Audubon de Venezuela

Querrequerre - Green Jay / Inca Jay] (Cyanocorax yncas)

 

Texto escrito por Eduardo López

Fotografías: Alberto Espinoza, Eduardo López, Elena Albornoz, José Luis Mateo y Lorenzo Calcaño

¿Quién no ha escuchado en Venezuela llamar «“Querrequerrre” a la persona picapleitos y que anda siempre brava», como asentaba Bruno Manara (Manara, 2004 [1998], p. 28), o al individuo, al decir de Kathy de Phelps, de «carácter agresivo» (Deery, 1999 [1954], p. 58), o bien, según Eduardo Röhl, «muy arisco» (Röhl, 1956 [1942], p. 328) o, en fin, «indócil y malcriado», de acuerdo con el Hermano Ginés y sus colegas de la Sociedad de Ciencias Naturales La Salle (Ginés et al, 1951, p. 288)?

Tan común ha llegado a ser hoy en día esa correlación que el Diccionario del habla actual de Venezuela tiene cinco entradas con expresiones con tal connotación negativa, comenzando por la acepción coloquial de querrequerre referida a «persona cascarrabias que tiene mal carácter y se molesta con facilidad», seguida de expresiones tales como estar como un querrequerre, equivalente a «estar una persona muy molesta y con muy mal carácter», o más bravo que un querrequerre, que es igual a «muy colérico», lo mismo que parecer un querrequerre, que significa «tener una persona muy mal carácter y estar molesta permanentemente», en tanto que ser un querrequerre se aplica, sin apelación posible, a quien «se encoleriza fácilmente o habitualmente» (Núñez y Pérez, 2005, p. 411).

Ahora bien, aunque en nuestro país casi todos conocen al Querrequerre a través de estos antipáticos rasgos conductuales que se le atribuyen, tal vez muchos no sepan a ciencia cierta quién es en concreto ese presuntamente execrable individuo que ha dado origen a tales creencias, dichos, máximas y refranes despectivos de nuestro folklore tan difundidos, así como a los señalamientos de los citados especialistas, los cuales nos hacen pensar en alguien muy huraño, irascible y malencarado, de trato y aspecto sumamente desagradable al que convendría mejor evitar. Es por ello probable que quienes no lo sepan se queden sorprendidos al enterarse que el personaje en cuestión es un ave sumamente inteligente, de forma y colorido muy hermoso y atractivo que combina armoniosamente en su plumaje el verde con el azul, el amarillo, el blanco y el negro, cuyo comportamiento con la gente puede resultar inofensivo y hasta simpático, sobre todo en el caso de ejemplares acostumbrados al trato con humanos bien intencionados.

Este galán esponjado sin duda que es un regalo para la vista (Fotografía tomada por Lorenzo Calcaño)

 

Sin embargo, tratándose de animales la buena intención no siempre basta, como pudo constatarlo como testigo presencial George Flushing, hijo de Marieta Hernández, la indudable Reina del Pajareo de Venezuela. Fue el caso que, durante una de sus caminatas frecuentes por el Avila, hoy día Parque Nacional Guaraira Repano, George llegó a un puesto de guardaparques donde se celebraba un cumpleaños. Como entre los desechos de la fiesta tirados al cesto de la basura se encontraba la caja donde había estado guardada la torta, pronto se presentó un querrequerre que, habiendo estudiado previamente la situación, no tardó en aproximarse al cesto e introducirse dentro de la caja en busca de las dulces sobras, con tan mala suerte que al intentar salir el envase no se abrió, de modo que el ave, muy desesperado, armó una enorme alharaca.

Uno de los guardaparques, conmovido por el percance, tuvo la loable iniciativa de recuperar la caja para liberar al ave, pero desdichadamente lo hizo justo en el momento en que se apersonaban los demás miembros del clan del querrequerre en apuros, los cuales de inmediato reaccionaron emprendiéndola a picotazos contra el guardaparques que sostenía la caja de donde salían los llamados de auxilio de su congénere. Y he aquí que cuando el guardaparques se percató de que, como resultado de la cayapa, había recibido algunas heridas en el cuero cabelludo, comenzó a despotricar de los querrequerres jurando con ira que nunca jamás tendría consideración alguna con esos malagradecidos pajarracos.
Tal vez conductas como la del guardaparques de la anécdota anterior constituyan el origen de varios de los malentendidos que pesan sobre el Querrequerre dándole mala fama, algunos de ellos rayanos en lo calumnioso, según verificaremos más adelante. Pero no siempre fue así ya que con anterioridad al siglo XX este nombre común de vieja data no tenía esa connotación despectiva.

La primera mención que he hallado es de 1841, debida a Agustín Codazzi, autor de la primera Geografía de Venezuela, quien, diciendo que sus colores eran «de los más bonitos», le daba su denominación actual al llamarlo «Gálgulo o Querrequerre», especificando que «este último nombre es lo que pronuncia en su canto» el ave (Codazzi, 1960 [1841], p. 198). Aclaremos que Gálgulo es un término ya muy en desuso que designaba a un grupo de aves que en su mayoría pertenecen actualmente a la familia Corvidae, de la cual forma parte el Querrequerre.

Al respecto, acaba de publicarse en Madrid un libro cuyo autor, llamado Luciano López Gutiérrez, dice más concretamente que como Gálgulo se conocía durante el llamado Siglo de Oro español a un ave nocturna «de color amarillo», la cual «tiene la propiedad de que si alguien enfermo de ictericia fija la vista en ella, y, a su vez, el pájaro mira al enfermo con atención, lo cura con la energía que fluye de sus ojos, si bien el gálgulo muere de manera fulminante» (López, 2012, p. 160). No sabemos si el Querrequerre tendrá la misma facultad del Gálgulo, pero en caso de que algún enfermo decidiera hacer la prueba y le resultase exitosa, le pedimos que, por favor, entierre al animalito con todos los honores.
Volviendo a Venezuela, 55 años después de publicado el libro de Codazzi el ceñudo Julio Calcaño, utilizando un lenguaje más literario, tomaba prestadas las mismas palabras de aquél para señalar, con obvia simpatía por el ave, que «Querrequerre dice un precioso gálgulo… y así lo llamamos» (Calcaño, 1950 [1896], p. 420). Pero, como ya vimos, muy pronto la tónica cambiaría en detrimento del bonito Gálgulo cantarín conocido entre nosotros como Querrequerre.

Cabe destacar que, además del nombre común de Querrequerre, esta ave tiene algunos otros nombres onomatopéyicos que imitan varios de los muchos sonidos que emite, como lo son los de Quinquín, Querqués y Carriquí, como también se le llama en Colombia. Esa sonoridad es uno de sus rasgos peculiares que permite advertir su presencia y que llama considerablemente la atención de la gente. El ya citado Eduardo Röhl hablaba, por ejemplo, de «sus singulares y típicos cantos, a veces ásperos y otros agudos cortos como campanitas» (Röhl, 1956 [1942], p. 328), en tanto que Ginés y sus colegas mencionaban un canto «rítmico y metálico» (Ginés et al, 1951, p. 288), considerado por Lisandro Alvarado, en cambio, como «un graznido chillón y desapacible» (Alvarado, 1984 [1921], p.323) y por Kathy de Phelps como un «ruidoso canto poco melodioso» (Deery, 1999 [1954], si bien su esposo William H. Phelps hijo opinaba, de manera un poco más balanceada, que esta ave en realidad emite «una variedad de llamadas musicales y otras ásperas» (Phelps y Meyer, 1979 [1978], p. 326). Bruno Manara, por su parte, acotaba que los querrequerres se expresan «ruidosamente con una mezcla de silbidos, gorjeos, ronquidos, chasquidos y piqueteos» (Manara, 1983, p. 21 y 2004 [1998], p. 27), mientras que, por último, Elena Flushing, la hermana de George, describía las vocalizaciones del ave como «sonidos metálicos como el de bisagras oxidadas» (Sociedad Conservacionista Audubon de Venezuela, 2007, p. 113)

Ante semejante diversidad de criterios, a veces contrapuestos, me abstendré de sumar los míos para evitarle mayores confusiones a los amables lectores, pareciéndome más didáctico aconsejarles que se formen su propia opinión poniendo atención a lo que tengan que decir al respecto los principales implicados, es decir, los querrequerres mismos, cuyas voces podrán escuchar entrando aquí: http://macaulaylibrary.org/audio/69973/cyanocorax-yncas-green-jay-venezuela-aragua-paul-schwartz y aquí: http://macaulaylibrary.org/audio/40350/cyanocorax-yncas-green-jay-venezuela-aragua-paul-coopmans .

Aunque en su momento revisaremos las situaciones en que los querrequerres emiten algunos de estos sonidos, puedo adelantarles que tan variado repertorio vocal no parece casual, pudiendo correlacionarse en buena medida con el comportamiento social del ave, basado, como veremos después, en la conformación de grupos cooperativos cuya cohesión requiere de una intercomunicación frecuente, lo cual no excluye que a veces también prevalezca entre ellos un silencio absoluto.

Tal sistema de vida, con un mayor o menor grado de complejidad, no es una rareza en la familia Corvidae, a la cual pertenece, como ya dijimos, el sonoro Querrequerre, compuesta actualmente por alrededor de 120 especies repartidas por los cinco continentes, especialmente en las regiones tropicales, la tercera parte de las cuales son integrantes del género Corvus que agrupa a los llamados «cuervos verdaderos», por cierto ausentes de Suramérica. Es de destacar que esta familia incluye varias de las especies «más inteligentes entre todas las aves» (McGowan y Holyak, 2006 [2003] p. 438), con cerebros cuyo peso en proporción al del cuerpo es «similar al de los grandes monos y cetáceos, y sólo ligeramente menor que en los humanos» (Wikipedia, 2012, Intelligence), siendo una de las habilidades desarrolladas por dichas especies la fabricación y uso de herramientas, considerada hasta mediados del siglo XX como propia sólo de los humanos, siendo precisamente el Querrequerre uno de los que se sabe que lo hacen.

Así lo pudo comprobar en junio de 1981 Douglas Gayou, un ornitólogo norteamericano cuya tesis doctoral versó sobre los querrequerres del sur de Texas, quien relató que en sus observaciones vio a un adulto «recoger con su pico una ramita del suelo y volar con ella a la rama de un árbol seco… El ave insertó la ramita por debajo de un trozo de corteza moviéndola hacia delante y atrás… Luego el Querrequerre retiró la ramita, la puso debajo de su pata y procedió a consumir el insecto que había quedado enganchado en la ramita», operación que repitió cuatro veces más. Después tomó otra ramita y «la insertó debajo de la corteza. Sin embargo, esta vez el ave despegó el trozo de corteza, soltó la ramita y consumió los insectos que habían quedado expuestos». Gayou dijo que también vio a un juvenil utilizar la misma técnica en dos ocasiones aunque sin obtener presas, «botando luego la ramita y volando a otro árbol» (Gayou, 1982, p. 593-594). Se podría decir entonces que para proveerse de presas este Querrequerre utilizó ramitas a manera de arpón y de palanca, como se sabe que también lo hacen los chimpancés y otros grandes monos, además de los indígenas y algunos cuantos exploradores hambrientos sin provisiones en el morral.

 

Esta pareja pudiera estar recabando material para construir un nido, pero a lo mejor está verificando si para sacar de la corteza de un árbol presas escondidas se puede utilizar el palito curvado en una de sus puntas recogido por el ejemplar de la izquierda ¡quién sabe! (Fotografía tomada por José Luis Mateo).

Este sesudo Querrequerre es el único miembro de la familia Corvidae que vive tanto en Suramérica como en parte de Norteamérica y de Centroamérica, estando extrañamente ausente desde El Salvador y Nicaragua hasta Panamá, lo cual ha conllevado que «a veces haya sido separado en dos especies», si bien más recientemente se le ha tenido «como una especie individual polimórfica» (Madge y Burn, 1993, p. 91), compuesta actualmente por trece subespecies, ocho ubicadas en Norteamérica y Centroamérica y cinco en Suramérica. De ellas tenemos dos en Venezuela: el Cyanocorax yncas cyanodorsalis ubicado en el noroeste del país, en la Sierra de Perijá (estado Zulia) y en la Cordillera de Los Andes (estados Táchira, Barinas, Mérida, Trujillo y Lara) y el Cyanocorax yncas guatemalensis que habita en las serranías y montañas del norte (estados Falcón, Lara, Yaracuy, Carabobo, Aragua, Miranda, Guárico, Anzoátegui, Sucre y Monagas).

 

 

Mapa de distribución geográfica del Querrequerre (Cyanocorax yncas) © 2007 NatureServe, 1101 Wilson Boulevard, 15th Floor, Arlington Virginia 22209, U.S.A. All Rights Reserved.

En todo caso, más que las diferencias morfológicas entre las subespecies de las regiones norteñas y las sureñas del continente americano, que se reducirían a sólo dos, consistentes en que los ejemplares suramericanos «son más fornidos y tienen crestas frontales azules» (Gayou, 1995, Distinguishing Characteristics), lo principal son las diferencias en el grado de organización social, que en Suramérica denota un desarrollo más avanzado. Lo anterior fue puesto en evidencia a través del cotejo de dos investigaciones, la primera de ellas realizada por el ornitólogo colombiano Humberto Alvarez entre setiembre de 1972 y setiembre de 1973 en las cercanías de Medellín, en la Cordillera Central de los Andes, Colombia (Alvarez, 1975, p. 6), y la segunda por el citado Douglas Gayou entre abril de 1981 y junio de 1984 en las cercanías de Alamo, Texas, en el valle del Río Grande, Estados Unidos de América (Gayou, 1986, p. 540).

Según estos estudios los querrequerres suramericanos se radican en territorios bien definidos donde anidan año tras año, conformando grupos familiares integrados por una sola pareja reproductiva monogámica y varios ayudantes de ambos sexos, en su mayoría jóvenes e inmaduros, aunque puede haber también adultos, que cumplen junto con la pareja reproductiva funciones de vigilancia y defensa permanente del territorio y de los miembros del grupo, a lo que se suma durante el período reproductivo la de prestar ayuda eficaz a la pareja en la crianza y cuidado de los integrantes de las nuevas camadas hasta que éstos puedan valerse por sí mismos, estructura que se mantiene estable durante todo el año. Los grupos familiares de querrequerres norteamericanos están integrados, en cambio, sólo por la pareja reproductiva y los juveniles de la camada más reciente, ocupándose éstos últimos en particular de la defensa del territorio ya que la crianza de la nueva prole es tarea exclusiva de dicha pareja reproductiva. De ello Gayou coligió que «los Querrequerres del sur de Texas ejemplifican una fase temprana en la secuencia evolutiva del desarrollo de la crianza cooperativa» (Gayou, 1986, p. 546).

¿Y saben quién, en la comparativamente menos desarrollada organización de los querrequerres de Norteamérica, sufre más severamente las consecuencias del atraso de su sistema social? No es difícil adivinarlo: la desdichada hembra de la pareja reproductiva es la Cenicienta del grupo. Tomemos, por ejemplo, el caso de la incubación de los huevos, que aunque en Colombia como en Texas es una responsabilidad de la hembra reproductora, ello no impide que la suramericana puede echarse sus escapadas dejando el nido bajo la vigilancia de algún ayudante, siendo alimentada gentilmente por su maridito o por algún otro miembro del grupo, mientras que la norteamericana debe mantenerse todo el tiempo en el nido, salvo apenas algunas cortas pausas para estirar los músculos y alisarse las plumas, debiendo esperar que su consorte le lleve algo de comer sólo cuando a él le parezca.

De igual modo, una vez que eclosionan los huevos la hembra norteamericana pasa todo su tiempo atendiendo a los pichones —que pueden llegar a ser cuatro en total— hasta que son volantones y luego continúa alimentándolos hasta que puedan valerse por sí mismos, mientras que en Colombia «todo el grupo coopera en la alimentación de los pichones, realizando los ayudantes más de la mitad del trabajo mientras que la madre aporta menos comida que cualquier otro miembro del grupo», dedicándole al manguareo buena parte de su tiempo; de igual modo, una vez que las crías comienzan a volar «todo el grupo continúa alimentándolos durante al menos otros 20 días» (Gayou, 1995, Breeding).

Otra diferencia importante entre ambas poblaciones de querrequerres radica en que en Norteamérica, luego de que la nueva camada aprende a volar, comienza un pugilato entre el macho reproductivo y los jóvenes del año anterior que, luego de múltiples escaramuzas, culmina con la expulsión inmisericorde de estos últimos del grupo familiar, en tanto que en Suramérica no existe tal procedimiento traumático, siendo aparentemente lo usual que la dispersión se produzca voluntariamente «mediante la división del bando en subgrupos, uno de los cuales deja el territorio original» para establecerse en otro (Alvarez, 1975, p. 41). Estas diferencias parecen indicar que para los querrequerres norteamericanos la finalidad principal subyacente a la existencia del grupo familiar sería la «defensa del territorio» (Gayou, 1995, Introduction), en tanto que para los suramericanos primaría más bien el «éxito reproductivo», el cual de hecho es superior en los grupos con mayor número de ayudantes (Alvarez, 1975, p. 40).

En todo caso, ambas poblaciones de querrequerres tienen como característica común más notoria su marcada territorialidad, la cual se incrementa considerablemente durante el período reproductivo, mostrando una intolerancia extrema frente a los intrusos que se manifiesta sobre todo a través de vociferaciones estridentes y gestos agresivos que pueden llegar al contacto físico entre contrincantes. Estos episodios, los cuales me recuerdan los pleitos entre «patotas» en la Caracas de mi lejana adolescencia, suelen tener lugar cuando los querrequerres residentes se percatan de la presencia de extraños cerca de los límites de su territorio, a lo cual reaccionan dirigiéndose rápidamente hacia el lugar profiriendo fuertes llamados de alarma.

El enfrentamiento propiamente tal «comienza con el apiñamiento de los querrequerres de ambos bandos en uno o dos arbustos o árboles. Los querrequerres a menudo se distribuyen en pares o tríos muy juntos, algunos de ellos sacudiéndose simultáneamente, chasqueando los picos y lanzando ruidosos llamados de alarma», equivalentes al a que no me quitas la pajita del hombro de otros tiempos, pudiendo seguir fintas de ataques resultantes en «cortas persecusiones circulares», que sería algo así como el popular agárrenme antes que lo mate. Al caldearse más los ánimos es posible que «dos contrincantes choquen y revoloteen hacia el suelo agarrados por las patas. En el piso se separan mirándose fijamente, «las alas caídas, los picos apuntando hacia delante y las plumas del cuello encrespadas», como diciendo salte pa’l medio otra vez pa’ que veas «hasta que uno de ellos hace retroceder al otro hacia un árbol». Luego de una o dos peleas similares «el bando intruso se bate en retirada seguido de cerca por el bando residente hasta la frontera territorial» concluyendo así el episodio (Alvarez, 1975, p. 14).

Se entiende pues que el observador casual que presencie tales reyertas pudiera tildar de camorreros a los querrequerres. Sin embargo, lo descrito no pasa de ser más que un mero ritual sin mayores consecuencias que lamentar, muy diferente a los combates sangrientos con que otras especies saldan sus rivalidades, siendo ejemplos de ello muy cercanos a nosotros los gallos domésticos, sobre los cuales no pesa, sin embargo, tan mala fama.

Sobre este particular cabría traer a colación un par de citas tomadas de un texto de Bruno Manara, autor generalmente bastante asertivo pero, a nuestro entender, curiosamente poco atinado con el Querrequerre. En la primera de ellas Manara asienta que el Querrequerre es un pájaro «tan fiero que no se puede enjaular, ya que se mataría tratando de destrozar la jaula» (Manara, 2004 [1998], p. 27), conseja que ya en 1974 había sido recogida por el filólogo Angel Rosenblat cuando, hablando de los nombres onomatopéyicos, decía que «podemos motejar a alguien de querrequerre por alusión a un pájaro (el Cyanocorax yncas) que, según es fama, muere de rabia cuando lo encierran en una jaula» (Rosenblat, 1974, Vol. III, p. 43).

Investigando el posible origen de semejante afirmación creo haber encontrado la respuesta en ese extraordinario coleccionista de referencias que fuera don Lisandro Alvarado, quien aseveró que el Querrequerre es un «pájaro arisco y huraño, que no se resigna a la domesticidad y menos aun a la cautividad» (Alvarado, 1984 [1921], p. 323), opinión que se inspiró en un diálogo que de seguidas citaba Alvarado contenido en un librito de 1913, el primero publicado por un todavía jojoto escritor que con el tiempo se convertiría en el más famoso de los novelistas venezolanos, que no es otro que don Rómulo Gallegos. Se trata de «Los aventureros», título de un cuento donde un caudillo local llamado Matías Rosalira, alias El Baquiano, le dice al abogado Jacinto Avila, apodado Avilita, lo siguiente:
«—Yo, le soy franco, el día que tuviera que irme de la montaña, me moriría de rabia, como el querrequerre enjaulao» (Gallegos, 2001 [1913], p.10).

De seguro Gallegos le escuchó una frase parecida a algún lugareño de los sitios que acostumbraba visitar para empaparse de todo lo que pudiera absorber de su vida cotidiana para luego seleccionar lo que transferiría a la obra literaria de turno. Ahora bien, tanto al ilustre escritor como a su informante, lo mismo que a quienes después de ellos repitieron la conseja, se les pasó por alto que, tratándose de ejemplares silvestres atrapados cuando son adultos, como parece ser el caso, el comportamiento achacado al Querrequerre en realidad podría aplicarse también a muchas otras especies, incluídas algunas de las consideradas como aves propiamente de jaula.

Recuerdo que esto último pudo constatarlo fehacientemente mi padre en una oportunidad en que decidió buscarle un sustituto a Chucho, su querido Turpial que había criado desde que el ave era apenas un volantón, el cual se había escapado para siempre de su jaula cuando mi zafrisca abuela materna le abrió la puerta para cambiarle el agua olvidándose de cerrarla. Lamentablemente a mi padre, acicateado por la gran nostalgia que le producía la ausencia de su cantarina mascota, se le ocurrió la pésima idea intempestiva de sustituirla con un ejemplar adulto que, agarrado por las patas, ofrecía a los viajeros un vendedor en la carretera de oriente.

Llegados a Caracas mi padre colocó en la jaula de Chucho a su nada colaboradora adquisición, de la cual recibió a cambio un montón de fuertes picotazos. El prisionero, una vez encerrado, no paró de aletear de un lado a otro y de golpear y picotear los listones y varillas de la jaula en su desesperación por salir de allí, acompañando su accionar con unos sonidos guturales impresionantes que nadie sospecharía que un Turpial pudiera emitir. La única manera de apaciguarlo un poco fue cubriendo la jaula con un paño y colocándola en un oscuro desván.

Al día siguiente lo primero que hizo mi padre fue verificar si el ave estaba más dócil, pero apesumbrado constató que al entrarle el primer rayo de luz el maltrecho animalito comenzó a rabiar de nuevo, lo cual le impactó de tal manera que tomó una drástica decisión de la que se congratularía por el resto de sus días, siendo el caso que se llevó al Turpial a las faldas del cerro Avila y allí lo soltó y, mientras el ave revoloteaba incrédula de un lado a otro alejándose sin parar, mi padre juraba solemnemente, con un nudo en la garganta, que jamás volvería a mantener cautivo a ningún animal.

Pero, con la salvedad anterior, hoy día es muy obvio que el supuestamente irreductible Querrequerre no sólo puede ser criado como ave de jaula, sino que de hecho lo ha sido desde hace mucho, como testimoniaba ya en 1878 James Cushing Merrill, un cirujano militar y naturalista norteamericano estudioso de la avifauna de Texas, quien afirmaba que «un gran número de urracas del Río Grande», como llamaba al Querrequerre, «es capturado por los soldados en trampas con maíz, pero el plumaje es su único atractivo como ave de jaula» (Merrill, 1878, p. 136). No es de extrañar entonces que en el vecino México el Querrequerre esté incluido entre las aves silvestres consideradas como «aves canoras y de ornato» que pueden ser atrapadas fuera de la temporada de veda, según se comprueba aquí: http://www.paot.org.mx/centro/ine-semarnat/gacetas/GE16a.pdf .

En varios países de Suramérica también se les captura, como sucede en Perú, Ecuador y Colombia, no obstante ser en ellos ilegal el comercio con aves silvestres nativas, como también lo es en Venezuela, donde muchos de los lectores saben que, a pesar de la prohibición, la oferta y demanda de ellas es totalmente pública en varios sitios de Internet, como el que pueden hallar aquí http://ve.clasificados.st/index_ex entrando al rubro «Aves/Pájaros» contenido en la sección de «Animales y mascotas», donde por cierto encontré el día que accedí a este sitio un aviso publicado por una persona que compra «pájaros nacionales e importados», siendo el primero de la lista el «kinkin», que como ya sabemos es uno de los nombres del Querrequerre.

En la segunda cita de Manara éste afirmaba tajantemente que el Querrequerre es muy «agresivo con los otros pájaros, cuyos nidos suele saquear» (Manara, 2004 [1998], p. 27), lo cual también fue señalado recientemente por el ornitólogo Carlos Verea cuando incluyó en el menú de los querrequerres las «frutas, insectos, pequeños reptiles e incluso huevos y pichones de otras aves» (Wezel y Verea, 2011, p. 76).

Respecto de la intolerancia, es cierto que, como vimos, el Querrequerre puede aplicársela a los de su propia especie. Sin embargo, las relaciones con otras especies no suelen ser agresivas, a menos que se trate de depredadores actuales o potenciales, como las rapaces o, durante el período reproductivo, de especies parasitarias, como el Tordo pirata (Scaphidura oryzivora) o cualquier otra especie que ose acercarse al nido, en particular las de tamaño igual o mayor que el Querrequerre, como la Paraulata morera (Turdus fuscater), la Piscua (Piaya cayana), el Cuclillo pico amarillo (Coccyzus americanus), el Garrapatero (Crotophaga ani) o el Pájaro león (Momotus momota).

Más aun, hay reportes de convivencia muy pacífica con el Carpintero dorado verde (Piculus rubiginosus), incluido el utilizar como dormidero «el mismo lugar en un denso bosque secundario» (Alvarez, 1975, p. 15 a 18). Del mismo modo, las relaciones dentro de los grupos familiares de querrequerres son muy cordiales, incluidos el acicalamiento recíproco y las salutaciones rituales matutinas y vespertinas. La única excepción, bien documentada en Texas, es el ya mencionado caso del macho reproductivo cuando expulsa de su territorio a los juveniles de la camada del año anterior (Gayou, 1986, Behavior).

En cuanto al supuesto saqueo de nidos, incluidos huevos y pichones, parece ser una falsa creencia basada en interpretaciones erradas no sólo populares sino también de observadores y estudiosos de las aves, que tiene su origen probable en el hecho de que los querrequerres, quienes como veremos son muy sistemáticos en su manera de alimentarse, durante sus recorridos revisan minuciosamente los árboles y arbustos, lo mismo que eventualmente el suelo, echándole a veces una ojeada a los nidos —léase bien— abandonados por otras aves, todo ello en busca fundamentalmente de los artrópodos, semillas y frutas que constituyen los componentes presentes usualmente en su dieta (Alvarez, 1975, p. 21; Gayou, 1986, Diet).

 

 

Aunque el alimento preferido por el Querrequerre sean los insectos y otros artrópodos, no desprecia alguna fruta suculenta como el cambur (Fotografía tomada por Eduardo López)

Probablemente el primero en difundir tal creencia en un medio especializado en aves, como lo es la revista The Condor, fue un pintoresco personaje llamado Austin Paul Smith, quien hablando a principios del siglo XX de los querrequerres de Texas se preguntaba y respondía así: «¿De qué se alimentan? Bueno, durante el período reproductivo con pajaritos» (Smith, 1910, p. 96), afirmación escueta hecha sin el apoyo de ningún soporte la cual fue puesta en duda en 1939 por dos autores llamados Clearence Cottan y Phoebe Knappen en un artículo relativo a lo que comen algunas aves poco comunes de Norteamérica, incluido el Querrequerre, quienes sentenciaron que los datos existentes hasta entonces provenientes del examen del contenido de los estómagos de varios especímenes negaban «la acusación de Smith»  (Cottam y Knappen, 1939, p. 164).

Otro autor que hizo referencia al tema fue el ya citado Humberto Alvarez, quien luego de señalar al respecto que «la noción de que los querrequerres roban los huevos y crías de otras aves está extendida» sentenció que ni de sus «observaciones ni del análisis del contenido de los estómagos» de varios ejemplares había resultado «ninguna evidencia de tal hábito depredatorio». Ahora bien, a pesar de reconocer la inexistencia de pruebas que confirmaran tal conducta, Alvarez aventuró sorprendentemente la hipótesis de que, puesto que los querrequerres exploraban los nidos vacíos, también habría la posibilidad de que «pudieran depredar el contenido de nidos activos» (Alvarez, 1975, p. 20), extrapolación desafortunada equivalente, por ejemplo, a la de suponer que si a usted le gusta cuando pasea detenerse a contemplar los jardines floridos de las quintas del vecindario, entonces usted pudiera no ser un inocente caminante sino más bien un ladrón de plantas ornamentales. Algo más equilibrado en este punto, Douglas Gayou sólo llegó a decir que, aunque los «querrequerres tenían la reputación de tomar huevos y pichones de otras aves, ni durante el estudio de su población en Texas ni tampoco en Colombia se pudo observar tal proceder», especificando además que sólo había evidencia de que tomase muy raramente como presas a vertebrados tales como «lagartijas y pequeñas ranas» (Gayou, 1986, Diet).

Pero, teniendo presente la máxima jurídica según la cual se presume la inocencia hasta que se demuestre lo contrario, dejemos hasta aquí el qué comen los querrequerres para entrar en el cómo lo hacen, ya que esto tiene peculiaridades cuyo conocimiento puede ser de utilidad para nuestros colegas observadores y fotógrafos de aves. Cabe referir al respecto que los querrequerres estilan buscar su comida «formando un amplio frente, dejando unos 10 a 15 metros de separación entre ellos» (Gayou, 1986, Feeding). A medida que «avanzan a través de la vegetación buscan su alimento en todos los estratos disponibles, incluidos el suelo, árboles, troncos y ramas». Cada ejemplar «procede usualmente desde las ramas más bajas hasta la copa del árbol o arbusto, así como desde el tronco hasta incluso la punta de la más delgada rama» (Alvarez, 1975, p. 18).

Las ramas las recorren dando pequeños saltos, a la manera de las paraulatas, lo cual no excluye el estirarse para alcanzar algo en las hojas de arriba o pender de espaldas para alcanzar la rama de abajo. También se lanzan tras insectos en vuelo o bajan al suelo para recoger algo o levantar las hojas secas en busca de presas a las cuales persiguen sea a saltos o volando. Es de destacar que «los querrequerres rara vez comen su presa inmediatamente o en el sitio de captura, llevándosela usualmente a una percha conveniente para examinarla mejor, para eventualmente picotearla mientras la sostiene en la pata y tragársela en pedazos pequeños» (Alvarez, 1975, p. 20), lo cual evita, por cierto, los pleitos por las presas y el quítate tú pa’ ponerme yo que caracteriza a muchas otras aves.

 

 

Al Querrequerre no sólo le gusta caminar por el piso en busca de presas sino incluso detenerse de vez en cuando a observar cualquier cosa interesante que suceda por allí (Fotografía tomada por Eduardo López)

 

 

El Querrequerre, cuando come, suele tomar su alimento con la pata y mordisquearlo y tragarlo por trocitos, sin demasiada prisa, no sea que vaya a atorarse (Fotografía tomada por Alberto Espinoza).

Señalemos, por último, que los querrequerres son expertos en el vuelo corto dentro del bosque denso, siendo capaces de ejecutar con facilidad hábiles maniobras para esquivar los obstáculos, evitando en sus desplazamientos los espacios abiertos, salvo que sea estrictamente necesario atravesarlos, antes de lo cual pasan un buen rato atisbando los alrededores desde la copa de un árbol para asegurarse de que no haya algún peligro, luego de lo cual se lanzan planeando antes de batir las alas en un vuelo ondulante parecido al de los pájaros carpinteros.

Dado lo anterior, conviene saber entonces que será muy difícil que usted vea querrequerres volando en las alturas o en lugares despejados, siendo lo usual encontrarlos dentro del bosque. Si tiene suerte puede ser que los escuche en las cercanías de algún sendero e incluso que vea a uno llegar silenciosamente a la rama de un árbol, en cuyo caso será casi seguro que habrá por allí otros ejemplares más. Si el observador se hace notar sin recato, que no le quepa duda que en seguida escuchará un fuerte llamado de alarma seguido probablemente del vuelo en fuga no sólo del ejemplar visto sino también de todos los demás miembros del grupo. Si, en cambio, el observador es discreto, manteniéndose oculto y quieto, puede ser que los querrequerres no se percaten de su presencia y que pueda presenciar la mencionada rutina alimenticia durante un buen rato, la cual estará acompañada ocasionalmente de una serie corta de suaves notas para mantener el contacto con otros miembros del grupo, aunque también puede haber un llamado fuerte cuando un ejemplar se ha quedado muy rezagado, lo mismo que un silencio tenso cuando presienten la presencia de algún extraño.

Ahora bien, hay que tener presente que aunque los querrequerres que viven en zonas apartadas suelen alarmarse al descubrir a un humano en su camino, también es cierto que los que viven en zonas próximas a las habitadas o frecuentadas por la gente son menos ariscos, de modo que se dejan ver con mucha más facilidad. Los testimonios a este respecto son numerosos y de larga data, comenzando por uno de 1878 debido al ya citado James Merrill, quien afirmaba que el Querrequerre «es a menudo muy manso y atrevido, entrando en las carpas y tomando comida de los platos o de la cocina cada vez que se le ofrezca una buena oportunidad» (Merrill, 1878, p. 136), opinión compartida por ese prolífico compendiador de la avifauna norteamericana llamado Arthur Cleveland Bent, quien pensaba que esta ave «como regla no tiene nada de tímido, poseyendo la dosis usual de curiosidad de las urracas» (Bent, 1946, p. 132).

Para el caso de Venezuela el también norteamericano Alexander Wetmore, entre cuyos méritos estuvo el de contribuir al despegue de nuestra ornitología, contaba varias de sus vivencias en 1939 diciendo, entre otras cosas, que los querrequerres «se me acercaban a curiosear a unos pocos metros de mí y frecuentemente dos o tres se perchaban juntos en la misma rama» (Wetmore, 1939, p. 237). Bruno Manara, por su parte, refería en 1992 que en el Avila «al llegar cerca de un puesto de guardaparques, de seguro se nos acercarán algunos querrequerres que nos saludarán o nos pedirán comida, contoneándose desde una rama vecina y expresándose ruidosamente» (Manara. 2004 [1998]), mientras que Karl Weidmann, meritorio documentalista y fotógrafo de fauna suizo radicado en Venezuela desde 1947, reportaba en 1997 que a los querrequerres «es frecuente encontrarlos estrechamente asociados a zonas urbanas y suburbanas en donde incluso son alimentados por la gente» (Weidmann, 1997, p. 28). Ya en el siglo XXI Robin Restall, Clemencia Rodner y Miguel Lentino resaltaron que el Querrequerre resulta «a menudo muy curioso aproximándose muy cerca del observador en respuesta a la imitación de su llamado de contacto» (Restall et al, 2007 [2006], p. 578).

 

 

A esta pareja silvestre no se le ve nada timorata para estacionarse en un comedero artificial a disfrutar sin esfuerzo de un buen banquete (Fotografía tomada por Lorenzo Calcaño)
De hecho, los querrequerres suelen acercarse no sólo a los comederos artificiales sino también a las piletas donde se les puede observar bañándose, como sucede, entre otros muchos lugares, junto al puesto de guardaparques ubicado frente a la hermosa casona colonial de Los Venados, en el Parque Nacional El Avila o Guaraira Repano, según les consta a los numerosos visitantes asiduos a ese acogedor paraje y se puede comprobar en la foto que sigue.

 

 

En la pileta colocada en Los Venados junto al puesto de guardaparques es una fija encontrarse a los querrequerres dándose un buen chapuzón (Fotografía tomada por Eduardo López)

Más aun, el arquitecto y amigo de las aves Luis Cediel acaba de demostrar que él puede lograr que se le acerquen voluntariamente, sin que den muestras visibles de ningún temor, aves silvestres calificadas de muy ariscas, como los querrequerres, cardenales montañeros y otras especies, al menos en el caso de las que frecuentan el lugar conocido como Sabas Nieves, ubicado en el mencionado parque nacional, siendo la foto que sigue prueba de lo que afirma.

 

 

Esta pareja de querrequerres silvestres parece sentirse muy cómoda ante la presencia de este señor en tan incómoda postura (Fotografía tomada por Rosa Elena Albornoz)
¿Cuál es la magia de Luis Cediel que tanto embeleza a los supuestamente muy ariscos querrequerres? Pues bien, para descubrirlo sólo hace falta entar aquí: http://siempre-verde-venezuela.blogspot.com/2012/04/comiendo-de-la-mano.html

De todo lo dicho podríamos entonces concluir, en síntesis, que esta hermosa ave conocida entre nosotros como Querrequerre, fuente de una serie de dichos del habla cotidiana del venezolano que no le harían mucha justicia, personificaría por eso mismo varios de los refranes más difundidos en nuestro país, pues en su caso, aunque «el león no es tan fiero como lo pintan», «carga con un san benito» tan persistente que confirma el aserto que dice «crea fama y acuéstate a dormir», lo cual parece «importarle un comino» a este colorido y parlanchín personaje alado inteligente y curioso, del cual lo menos que uno puede decir es que posee una gran personalidad.

 

Fuentes citadas

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